La abundancia comienza con el permiso
Una reflexión sobre la abundancia, el permiso para recibir y esas condiciones invisibles que a veces ponemos antes de permitirnos desear, descansar, disfrutar, pedir ayuda u ocupar más espacio.
Catalina Pineda • Speaking Soul®
10/5/20265 min read


Hay momentos en los que queremos que algo cambie.
Queremos más tranquilidad.
Más oportunidades.
Más dinero.
Más tiempo.
Más reconocimiento.
Más disfrute.
Más espacio.
Y entonces empezamos a preguntarnos qué tenemos que hacer para conseguirlo.
Qué estrategia necesitamos.
Qué decisión debemos tomar.
Qué nos falta aprender.
Qué tendríamos que mejorar.
Estamos tan acostumbradas a relacionar el crecimiento con el esfuerzo que, cuando deseamos algo más para nuestra vida, casi automáticamente buscamos qué más tendremos que hacer para alcanzarlo.
Pero hay otra pregunta que hacemos con mucha menos frecuencia:
¿Tengo permiso interno para recibir aquello que digo que deseo?
Porque quizá la abundancia no comienza únicamente cuando algo nuevo llega.
A veces comienza mucho antes.
Comienza cuando dejamos de sentir que necesitamos justificar nuestro deseo de tener más.
Puedes querer más sin estar rechazando lo que ya tienes
Existe una idea silenciosa que puede aparecer cuando empezamos a desear algo diferente:
Debería estar agradecida con lo que tengo.
Y sí, podemos estarlo.
Podemos reconocer lo que funciona.
Agradecer lo recibido.
Valorar profundamente nuestra vida actual.
Y, al mismo tiempo, desear algo distinto.
Una cosa no invalida la otra.
Gratitud y deseo pueden coexistir.
Querer una relación diferente no significa negar todo lo aprendido en las anteriores.
Desear mayor bienestar económico no significa despreciar aquello que hoy te sostiene.
Querer descansar más no significa desconocer todo lo que has sido capaz de hacer.
Desear crecer no convierte tu presente en insuficiente.
A veces simplemente significa que algo dentro de ti reconoce que existe una experiencia que también quiere conocer.
El problema comienza cuando interpretamos ese deseo como ingratitud, ambición excesiva o inconformidad y empezamos a contenerlo antes siquiera de preguntarnos qué intenta mostrarnos.
Entonces reducimos lo que queremos hasta convertirlo en algo que nos parezca razonable pedir.
Y quizá una de las primeras formas de abundancia sea precisamente esta:
permitirte querer sin tener que defender inmediatamente por qué.
Recibir también puede sentirse incómodo
Hablamos mucho de aprender a pedir.
Mucho menos de aprender a recibir.
Porque recibir parece sencillo hasta que algo realmente llega.
Alguien te ofrece ayuda y respondes:
No te preocupes, yo puedo.
Recibes un reconocimiento y rápidamente explicas por qué tampoco fue para tanto.
Aparece una oportunidad y antes de disfrutarla empiezas a pensar si realmente estás preparada.
Tienes una tarde libre y sientes que deberías aprovecharla haciendo algo productivo.
Algo bueno sucede y una parte de ti empieza a preguntarse cuánto durará.
No siempre rechazamos conscientemente aquello que queremos.
A veces simplemente hemos aprendido que recibir viene acompañado de alguna condición.
Que si alguien nos ayuda, quedamos en deuda.
Que si descansamos, primero debemos haber producido suficiente.
Que si nos reconocen, tendremos que demostrar que lo merecemos.
Que si algo llega con facilidad, quizá no tenga tanto valor.
Que si tenemos más, debemos justificarlo.
Y entonces recibir deja de sentirse como apertura.
Empieza a sentirse como responsabilidad.
¿Y si no tuvieras que compensar todo lo que recibes?
Tal vez alguien te ayuda y puedes simplemente agradecer.
Tal vez alguien reconoce algo hermoso en ti y puedes dejar que sus palabras lleguen antes de minimizarlas.
Tal vez aparece una oportunidad y puedes explorarla sin demostrar primero que eres la persona más preparada de la habitación.
Tal vez puedes disfrutar algo bueno sin preguntarte inmediatamente qué tendrás que entregar a cambio.
Tal vez puedes descansar sin convertir el descanso en un premio.
Tal vez puedes tener más sin sentir que debes disculparte por ello.
Esto no significa vivir sin responsabilidad, reciprocidad o consideración hacia los demás.
Significa reconocer la diferencia entre elegir corresponder y sentir que debes pagar emocionalmente por todo aquello que recibes.
Porque cuando cada regalo se convierte en deuda, cada oportunidad en examen y cada descanso en culpa, recibir puede volverse agotador.
Y aquello que deseábamos empieza a parecer otra cosa que tendremos que sostener mediante esfuerzo.
El permiso no es solamente para recibir
También necesitamos permiso para disfrutar.
Para descansar.
Para cambiar de opinión.
Para pedir.
Para decir que no.
Para querer algo diferente.
Para ocupar más espacio.
Para dejar de sostener aquello que alguna vez tuvo sentido pero ya no lo tiene.
Para permitir que una etapa sea más amable que la anterior.
Incluso para aceptar que algo pueda salir bien.
A veces pensamos en la abundancia como acumulación.
Más recursos.
Más posibilidades.
Más experiencias.
Pero quizá exista otra manera de comprenderla.
Abundancia también puede ser la capacidad de dejar que la vida llegue hasta ti sin convertir cada cosa que recibes en algo que tienes que merecer una y otra vez.
Cuando “más” no significa hacer más
Hay una paradoja interesante.
Podemos pasar años intentando crear una vida más amplia mientras seguimos relacionándonos con ella desde las mismas reglas que alguna vez nos hicieron pequeñas.
Queremos más libertad, pero llenamos inmediatamente cada espacio disponible.
Queremos recibir ayuda, pero seguimos encargándonos de todo.
Queremos reconocimiento, pero nos incomoda ser vistas.
Queremos descansar, pero solo nos permitimos hacerlo cuando estamos exhaustas.
Queremos crecer, pero sentimos culpa cuando nuestro crecimiento modifica dinámicas, expectativas o relaciones.
Entonces quizá la pregunta no sea únicamente:
¿Qué quiero atraer a mi vida?
También puede ser:
¿Qué tendría que permitirme para poder recibirlo sin abandonarme en el proceso?
Porque no todo crecimiento necesita pedirte más esfuerzo.
Algunas expansiones pueden pedirte algo completamente distinto:
más apertura,
más capacidad de recibir,
más confianza,
más espacio,
más descanso,
más presencia.
El permiso también protege tu coherencia
Permitirte recibir no significa aceptar todo lo que llega.
No significa decir sí a cada oportunidad.
Ni llamar abundancia a cualquier cosa que parezca “más”.
Tu discernimiento sigue siendo importante.
Tus límites también.
Tu cuerpo.
Tu verdad.
Tu capacidad de reconocer qué sí pertenece a la vida que quieres construir y qué simplemente vuelve a colocarte dentro de dinámicas que ya no deseas sostener.
Por eso quizá uno de los permisos más importantes sea este:
permiso para recibir sin abandonar tu propia coherencia.
Puedes querer más sin convertir tu vida actual en algo insuficiente.
Puedes recibir más sin demostrar constantemente que lo mereces.
Puedes aceptar ayuda sin perder autonomía.
Puedes disfrutar sin haber terminado todo.
Puedes descansar sin justificarte.
Puedes crecer sin hacerte pequeña para que tu crecimiento resulte cómodo para los demás.
Y puedes permitir que lo bueno permanezca el tiempo que tenga que permanecer sin vivir anticipando su pérdida.
Una pregunta para llevar contigo
Quizá hoy no necesites hacer nada extraordinario para acercarte a una vida más abundante.
Tal vez puedas comenzar observando dónde aparece todavía una condición antes de permitirte recibir.
Cuando termine esto, podré descansar.
Cuando esté más preparada, podré intentarlo.
Cuando haya hecho suficiente, podré disfrutar.
Cuando los demás estén bien, podré ocuparme de mí.
Cuando pueda justificarlo, podré quererlo.
Y después preguntarte:
¿Qué permiso necesito darme hoy?
Quizá sea permiso para querer.
Para recibir.
Para descansar.
Para disfrutar.
Para pedir ayuda.
Para ocupar espacio.
Para tener más.
O simplemente para reconocer que deseas algo distinto sin obligarte todavía a saber exactamente cómo llegará.
Porque a veces la abundancia no comienza cuando finalmente obtenemos aquello que deseamos.
Comienza cuando dejamos de exigirnos convertirnos en alguien diferente para sentir que tenemos derecho a recibirlo.
Si este texto resonó contigo, quizá también resuene nuestro espacio de acompañamiento.
Con amor,
Catalina
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